El cine de animación es un tesoro

Las fábulas, los cuentos populares y los mitos, tres maneras de transmitir conocimiento que van de la mano. Las tres tienen algo en común: juegan con la imaginación, la estimulan, creando imágenes, alegorías y metáforas que explican la realidad y que despiertan el interés y la curiosidad del oyente. Oyente, sí, porque así empezaron a transmitirse esas historias, por vía oral; y por eso son tan cambiantes, por eso los nombres de los dioses fluctúan, por eso en ocasiones los desenlaces de estos cuentos son diferentes según el sitio, el lugar y la época en la que se cuentan. De todos modos, hoy en día conservamos muchas de esas historias gracias a la escritura y, por lo tanto, a la transcripción. Podemos por tanto leer historias de diosas, de héroes, de reyes y de princesas. Nos apasiona.

Aunque muchos de nosotros ya tengamos una edad, la afirmación que asevera que pasada cierta franja ya no nos pueden gustar las historias de guerreros y heroínas legendarias es mentira. Seguimos soñando, lo que ocurre es que el peso del día a día, de las rutinas y de las responsabilidades, entierran esa capacidad de soñar bajo capas y capas de lógica, razonamiento y verdad. Pero ¿qué es la verdad? ¿No es acaso ua realidad que intuimos o sobre la que reflexionamos? ¿La moraleja de una historia protagonizada por simpáticos animales con ropa no puede, por tanto, ser una verdad? Eso me lleva a hablar inevitablemente de las películas de animación, o «dibujos animados», que era como los llamaban nuestros padres y madres, y nuestros abuelos y abuelas.

Porque la mayoría de esos mitos, de esos cuentos populares, sobreviven readaptados en forma de cuentos animados disfrutables tanto por niños como por adultos. Por eso, cuando una persona desprecia el cine de animación, solo demuestra ignorancia. Imagnínense entonces cuando se desprecia incluso en el ámbito del cine independiente, que es cuando las más bellas historias y la animación más experimental triunfan. Todo el mundo aplaude el cine de autor independiente y elogia lo loable de invertir unos pocos ahorros o alguna otra forma de financiación en su realización. Al fin y al cabo, es de imagen real, hay actores y actrices en pantalla, palpamos la película como palpamos la realidad. Por algún motivo difícil de entender, las películas animadas se consideran cosa de niños.

Es cierto que muchas de las películas más famosas del cine de animación están dirigidas a un target infantil. Eso está fuera de toda duda, como también lo está el hecho de que todas pertenecen a gigantes empresariales que no necesitan solicitar créditos rápidos online o financiamiento del estado para poder realizar su cine. Sin embargo, incluso Disney tuvo un origen, y Walt invirtió toda la base económica que todavía sustentaba su pequeña empresa a cambio de un riesgo. Un sueño: Blancanieves y los siete enanitos. Un recordatorio increíble de que las películas y las series de dibujos animados son, de hecho, productos adultos en su creación y en su producción. Por otra parte, que triunfe no se debe solo a los niños, sino también a los adultos, que son quienes deciden, según su criterio, llevarlos al cine.

Sin embargo, la historia de la animación nos ha legado obras cumbre de la animación adulta que no podemos pasar por alto. De manera inevitable, pensamos en Japón, país hacedor de películas de culto como Ghost in the Shell, que explora en un entorno cyberpunk la metafísica del ser humano; o Akira, una premonición de cómo podría acabar nuestro propio mundo. Pero no debemos olvidar, de nuevo, el cine independiente animado, que nos regala historias políticamente incorrectas desligadas de los tropos tradicionales. Esas películas, por su difícil proceso de financiación mediante préstamos online y otros fondos económicos, o por lo complicado de su distribución, son un tesoro, y todos los fans acérrimos de la animación saben esto.

Por suerte, siempre nos quedarán las páginas web especializadas, los fanzines, los podcast y todos esos medios de comunicación que las publicitan y promocionan el nombre de la directora o del director, y de todo el equipo de trabajo. Ojalá este cine dure muchos años más, y nos libremos de una vez de la falsa creencia de que «no son cosas de mayores».

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