Sigüenza siente la llama de San Vicente

Mientras bajaba la temperatura hasta los tres grados a las seis de la tarde sobre una ciudad con cielo despejado, los cohetes explotaban muy por encima de las almenas del castillo. Los tiraba Jaime Gómez Olalla, que siempre anda por ahí, echando una mano, cuando llega el momento. San Vicente es patrono de Sigüenza porque fue el día de la celebración de su martirio, el 22 de enero, cuando en 1124, hace casi 900 años, el obispo Don Bernardo de Agén reconquistó la ciudad al frente de sus canónigos y de tropas castellanas. Ayer, se celebraban las vísperas de la fiesta patronal de Sigüenza. Hoy, es el día grande.

A las seis y media de la tarde, sonaban las campanas de la hermosa iglesia de San Vicente. Dentro, el Santo, sobre las andas, que saldrá esta mañana en procesión. Y al fondo, el maravilloso Cristo gótico, verdadero tesoro patrimonial de la parroquia, y de la ciudad. Los hermanos de la Cofradía, actualmente 135, se habían preocupado de que la talla estuviera flanqueada por varios centros de rosas bermejas, casi moradas, que realzaban la belleza de la imagen. A las siete, cientos de fieles esperaban que la puerta del templo, de madera, con pestillo antiguo, se abriera. El hermano mayor, que este año es Mariano Hervás Vázquez, y varios de los hermanos menores de la Cofradía de San Vicente, acompañaban a Jesús Montejano, el párroco, en dirección al número diez de la Travesaña Alta, donde cada año, se ponen a la venta entre los fieles las rosquillas del Santo. Este año, las ha horneado la pastelería Los Gustos de Antes. Se han vendido nada menos que seiscientas docenas, “y más porque no había”, comentaba Pedro Hervás, uno de los miembros de la familia del hermano mayor, a razón de tres euros la docena. Tradicionalmente son ellos quienes deben encargarse del asunto. La recaudación, después de pagar el género, quedará para los gastos de la Hermandad.

A esa hora, pasadas las siete de la tarde, el día ya era noche, y la luna, casi llena, iluminaba el cielo limpio, de helada. Cero grados, y bajando. De ser otra noche, la Travesaña Alta hubiera empezado a crujir bajo los pies, pero eran cientos los seguntinos que seguían a párroco y cofrades, y les esperaban en la Plazuela de San Vicente, junto a la Casa del Doncel, para presenciar cómo se encendía la hoguera. Brevemente, Montejano roció, como había hecho antes con las rosquillas de agua bendita la pira de madera. En su centro, un pino, con sus correspondientes naranjas y mandarinas colgando. El que fuera alcalde de Sigüenza, Juan Carlos García, dice que ese toque dulce y naranja según unos, hace alusión al lugar donde el santo fue martirizado, Valencia, mientras que, según otros, su presencia se debe a que siempre fue costumbre en el “bibitoque” del día 23, entregárselas a los niños, en una época en la comerlas era poco menos que un lujo.

Los hermanos cofrades, Nacho Amo, que es hermano menor, en representación de otros hermanos menores como Javier Hernando, Gonzalo Amo o Ismael Sanz, y otros cofrades como Javier Munilla, Oscar Hernando y el propio Jaime Gómez-Olalla, se encargaban de prender fuego a la gran pira de leña. Antes, decenas de seguntinos habían fotografiado su distinguido porte, justo en el medio de la Plaza. Las llamas fueron consumiendo su interior y, al llegar a lo alto, arrojaban las chispas que sobrevuelan la plaza, creando esa estampa típica, tan seguntina. Quienes lo saben, saben que no es buen consejo presenciar la hoguera con ropa de domingo. En todo caso, allí estaban, más que preparados, los bomberos de la Diputación Provincial. El fuego fue consumiendo la leña, e hizo doblar la firmeza de su estampa. Y eso era lo que esperaban los más pequeños. En cuanto los primeros maderos se hicieron tizones, los niños y niñas se embadurnaron con ellos las manos, para tiznarse unos a otros. Al final de la tarde-noche, no quedaba cara sin pintar de hollín.

Y mientras el fuego consumía la hoguera, los dulzaineros de la Cofradía, Pablo Zamarrón, Mari Carmen Riesgo, Alfredo Ramos, Agustín Canfrán y José Antonio Arranz, entre otros, hacían una pieza tras otra. Como decía anoche Zamarrón, “por muchos años que pasen, este momento en el que empieza San Vicente es emocionante y único”. Cuando terminó la novena al Santo, muchos seguntinos besaron la reliquia del patrón de Sigüenza.

Los niños, jugaban, los mayores, bailaban, y las chispas de la lumbre, rojas, le hacían cosquillas a la blanca luna helada y redonda. Allí estaba también el gran Mariano Canfrán, en el mismo centro de la plaza de donde ha sacado la inspiración para cientos de sus obras cinceladas sobre metal. El efecto que produce verlas, con sus colores cambiantes según la luz, es muy parecido al que las llamas de San Vicente provocan en el ambiente, de claros y oscuros que resaltan al capricho de las llamas. Y allí estaba sin duda, el espíritu de su querido hermano, José Mari Canfrán, que con testarudez seguntina y con ayuda de su redoblante, Carlos Blasco, recuperó para Guadalajara el sonido de la dulzaina.

Diferentes personalidades locales, provinciales, regionales y nacionales se acercaron anoche a presenciar las hogueras, acompañando a los miembros de la corporación municipal y al alcalde de Sigüenza, y presidente de la Diputación, José Manuel Latre. Entre ellos estuvieron los diputados regionales Lorenzo Robisco, Ana Guarinos y Rafael Esteban; el senador Juan Pablo Sánchez, o el alcalde de Almansa y candidato a presidir la Junta de Comunidades, Paco Núñez.

Para hoy, día 22 de enero, queda la celebración religiosa de San Vicente, que va a oficiar el obispo, Atilano Rodriguez, y la correspondiente procesión, y por la tarde, en el auditorio de El Pósito, a las 19:30 horas, el XXXII Certamen de Dulzaina y Tamboril, José María Canfrán. Además, mañana, día 23 de enero, después de la Misa de Difuntos y de la correspondiente Asamblea de la Cofradía, recogerá la insignia de la hermandad, el hermano mayor entrante, Mariano Hervás Cuevas, que sustituirá a su padre.


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